Comenzar a escribir una historia nunca es fácil.
Una persona inesperada, un momento inesperado, una
conversación inesperada.
Cuando te das cuenta, el agua ya te llega al cuello.
Ya es algo importante, y surgen en ti un remolino de sentimientos y emociones.
Se crea un vínculo. Una necesidad. Millones de dudas, y un
¿Lo estaré haciendo bien?
Tú, como hombre, sabes que te mereces a una tía que te de
cariño, sexo salvaje y cenas a la luz de las velas. Que te haga llorar de la
risa, y que te escuche con atención. Que pueda mantener una conversación de
cualquier tipo, empezar hablando de política, y acabar hablando de la primera
vez que te caíste de un columpio y casi quedas sin dientes.
Necesitas a esa tía que respete tu forma de pensar. Que te
ayude a superarte, que te valore, que te ayude indirectamente a ser mejor persona
cada día. Que te deje libertad, pero que se preocupe por ti constantemente. Que
te vacile y que se deje vacilar. Que las preocupaciones se esfumen porque estar
con ella, te transmite paz. Que sea honesta, que te diga siempre lo que hay,
sin rodeos. Que recuerde lo que te gusta y lo que no, que te meta caña pero que
sea blanda a veces. Que comparta contigo películas, música, paseos, compras,
coca-colas, compromisos, cafés, fiestas, metas, viajes…
Yo lo sé, porque yo también me merezco algo así. Me merezco
a un tío que confíe en mi por encima de todo. Que me escuche y se interese en
comprenderme. Que me haga reir, que me haga soñar, que con algo improvisado me
haga sentir especial.
Que me abrace, que me saque a pasear en mi parte favorita
del día.
Que se gane el primer puesto en mi vida.
No tengas dudas de que nos vamos a encontrar.
Tú eres para mí, y yo soy para ti.
Lo sé.
Y sé que nos vamos a equivocar una y mil veces.
Pero merecerá la pena,
X.

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